
Donald
Trump firma la orden ejecutiva que da marcha atrás a algunas de las
medidas que impulsaron las relaciones Cuba- Estados Unidos. Foto: AP.
Frente a un auditorio que anhelaba detener el proceso de
normalización de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Cuba,
el 16 de junio
Donald J. Trump
dio apertura —con una salida fallida— a la duodécima partida de ajedrez
jugada entre un presidente estadounidense y la Revolución cubana desde
1959. Mucha gente se pregunta por qué luego de casi tres años de
deshielo político, un “pragmático” como Trump elige un itinerario que va
contra el sentido común y ha sido ensayado sin resultados por casi 60
años; varias razones pudieran estar gravitando.
De acuerdo con Newsweek, en 1998 la empresa de este magnate
neoyorkino de bienes raíces y desarrollo hotelero, entonces denominada
Trump Hotels & Casino Resorts, contrató a la consultora Seven Arrows
Investment and Development Corp. para explorar oportunidades de
negocios en Cuba. Según se dice, en franca violación de la Ley
Helms-Burton, la compañía invirtió 68 000 dólares en la incursión sin
licencia del Departamento del Tesoro. Meses después, el 25 de junio de
1999, Trump proclamó en Miami un resuelto apoyo al bloqueo económico;
quiso tantear sus posibilidades como candidato del partido del
millonario Ross Perot y escogió como tribuna para su primer discurso la
Fundación Nacional Cubano Americana. Sobra decir los improperios que
dedicó a Fidel y sus insultos a Cuba en los más estridentes términos de
la Guerra Fría.
En la primera etapa de la campaña que lo llevó a la Casa Blanca,
Trump tomó distancia de dos de sus rivales en las primarias
republicanas, los senadores de origen cubano Ted Cruz y Marco Rubio:
justificó el paso dado por Obama el 17 de diciembre de 2014, y hasta
evocó su aspiración de abrir un hotel en la Isla. Pero en la fase final
Hillary Clinton lo aventajaba en la Florida y los expertos auguraron que
no llegaría al Despacho Oval sin ganar sus 27 votos electorales; de
repente, cambió el tono: “Todas las concesiones que Barack Obama ha
otorgado al régimen de Castro fueron por orden ejecutiva, lo que
significa que el próximo presidente puede revertirlas, y es lo que haré a
menos que el régimen de Castro satisfaga nuestras demandas”, manifestó
en un rally en el Knight Civic Center de Miami, ante una decrépita
concurrencia que ha hecho de la contrarrevolución un gran negocio y
demandaba regresar a la confrontación. En respuesta a la interrogante de
un periodista, Trump sugirió que podría romper las relaciones
diplomáticas o no nombrar embajador. “El acuerdo que firmó el presidente
Obama es muy débil. No obtenemos nada. Los cubanos no obtienen nada, y
yo haría lo que fuera necesario para conseguir un buen acuerdo”, remató
(Robles, 2016).
Con su discurso xenofóbico, misógino y racista —y su llamado a “Hacer
a Estados Unidos grande de nuevo”—, Trump no consiguió otro público
cubano en la Florida (31% de los votantes latinos del Estado) que no
fuera el de Key Biscayne, donde hallaron refugio los alabarderos del
régimen de Batista y su progenie —vehementes republicanos desde que
Kennedy se negó a autorizar la intervención directa de las tropas
regulares del ejército yanqui en Playa Girón—, cuando manchados de
sangre y con las maletas atestadas del dinero robado al erario público
huyeron hacia el “paraíso” y hoy detentan el poder político del enclave.
Justo antes de las elecciones le otorgaron a Trump el ¿premio? Bahía de
Cochinos y le juraron fidelidad a cambio de resucitar a Cuba como
neocolonia. El 8 de noviembre de 2016, empero, el 50% del voto cubano en
la Florida estuvo en su contra, pese a que solo el 30% de los emigrados
posteriores a 1990 concurre a las urnas, sin contar que perdió los
cinco condados de mayor densidad de electores cubanos. Una de las peores
jornadas para un candidato republicano en la historia de ese estado,
que ganó gracias a otros sectores.
En medio de la profunda crisis del sistema neoliberal, Trump se
estrenó en complejos temas internacionales que demandaron mayor atención
que este pequeño archipiélago de 11 millones y medio de habitantes. Sus
apócrifas críticas al neoliberalismo, del que constituye un símbolo, y
el tono “nacionalista” con que atrajo a la clase media anglosajona de
los estados industriales de la zona norte del Medio Oeste, afectada por
los tratados de libre comercio —varias de sus promesas de campaña han
sido ya desestimadas, entre ellas la cancelación del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN)—, lo pusieron en la disyuntiva de
mostrar su poder global, y ello incluye el incremento del presupuesto
del Pentágono para el año fiscal 2017-2018 por encima de los 54 000 000
000 de dólares, decisión que le debe acarrear nuevas controversias
internas porque implica recortes a otros sectores y al gasto social.
Quiso también mostrar quién está al mando: cañoneó a Siria, arrojó en
Afganistán la madre de todas las bombas y amenazó a Corea del Norte con
un ataque nuclear; luego se retiró del Acuerdo de París sobre el cambio
climático, respondiendo a una demanda de las transnacionales del sector
energético y a la condición impuesta por los fabricantes de autos Ford,
General Motors y Fiat Chrysler para regresar sus fábricas al territorio
de Estados Unidos. A este lado del Atlántico, se sumó a la cruzada del
capital financiero para llevar la derecha neofascista latinoamericana al
poder, objetivo conseguido en Argentina y Brasil, y que hoy puja por
Venezuela instigando a la violencia interna, mientras a través de la OEA
espera legitimar una intervención militar en ese hermano país.
De Cuba Trump casi no hablaba, aunque al fallecer Fidel emitió
declaraciones ofensivas en el momento de más profundo dolor. Presa del
odio visceral del segmento con que comparte afinidades dentro del
enclave de Miami, el 26 de noviembre de 2016 se manifestó como el
energúmeno que es, sin el menor atisbo de ética: “Hoy, el mundo marca el
fallecimiento de un brutal dictador que oprimió a su propio pueblo por
cerca de seis décadas” (Trump, 26 de noviembre de 2016), mientras una
multitud compacta a lo largo de la Isla acompañaba a Fidel en su invicto
regreso a la Ciudad Héroe. Con posterioridad, en medio de las exequias,
desde la red social Twitter amenazó con liquidar el proceso de
normalización de las relaciones.
Quienes en Estados Unidos miraban con preocupación el destino de la
orden presidencial firmada por Barack Obama para regular lo avanzado en
el mejoramiento de las relaciones bilaterales, quedaron preocupados con
el nombramiento como director de la CIA de Mike Pompeo, quien tras
titularse en la Academia de West Point patrulló el “Telón de Acero”
hasta la caída del Muro de Berlín. Miembro del Tea Party, este remanente
de la Guerra Fría tendrá un papel protagónico en la revisión de los
programas subversivos contra Cuba y es un enemigo acérrimo de la
devolución del territorio ilegalmente ocupado por la base naval en
Guantánamo. Otros personajes ultra reaccionarios de menor rango como
Mauricio Claver-Clarone, Yleem Poblette, John Barsa, Mercedes Viana
Schlaap y Carlos E. Díaz Rosillo —relacionados con la mafia de Miami—,
completaron un cuadro que permitió entrever el curso de los
acontecimientos.
Una cena privada, en febrero, del presidente y la primera dama con el
senador Marco Rubio y su esposa, selló la alianza. En una conferencia
de prensa posterior, Trump reveló que tuvieron una muy buena discusión
sobre Cuba y concordaban en las ideas. Dos días después, el
vicepresidente Mike Pence se reunió a puertas cerradas con Ileana
Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart, con quienes compartió escaño y
posiciones políticas en la Cámara de Representantes. Desde su
candidatura Trump se propuso desmontar el Obamacare, calificado por el
magnate como “total y absoluto desastre”. Ya en la presidencia, la
contienda en el Capitolio se tornó compleja y Díaz-Balart aceptó votar
en marzo a favor de la iniciativa de ley promovida por la administración
para derogar el programa gubernamental que amplió la cobertura
sanitaria a 20 millones de personas, y arrastró consigo a Carlos
Curbelo, quien se había proyectado contra el mandatario en las
presidenciales de noviembre.
Estos pasos fueron dados en medio de la investigación del FBI por la
supuesta interferencia de Rusia en las elecciones para beneficiar a
Trump, una amenaza letal a su permanencia en el Despacho Oval. Los dos
epicentros del caso son Michael Flynn, quien debió dimitir como Asesor
de Seguridad Nacional por mentir sobre sus conversaciones con el
embajador ruso en Washington, y Paul Manafort, director de la campaña
electoral de Trump hasta agosto de 2016, cuando fueron destapados sus
negocios con empresarios rusos y ucranianos. El presidente conversó
sobre este caso con el entonces director del FBI, James Comey, nueve
veces en el transcurso de cuatro meses antes del abrupto despido de
Comey el pasado 9 de mayo —según este, por negarse a dejar de lado la
investigación. Cuando el 25 de mayo el FBI incluyó en las pesquisas al
multimillonario Jared Kushner, yerno del presidente y uno de sus
asesores más cercanos, el caso entró en una nueva fase de consecuencias
inciertas y elevada carga política.
Entretanto, avanzaban las negociaciones sobre Cuba. Los primeros
borradores evaluados incluían medidas tan severas como cortar los lazos
diplomáticos o regresarla a la lista de países patrocinadores del
terrorismo. De acuerdo con The Hill, importante periódico político en
Washington, en una reunión de alto nivel del Consejo de Seguridad
Nacional celebrada en mayo, llegó a considerarse la posibilidad de
emitir un ultimátum de “todo o nada” al gobierno cubano si no adoptaba
los condicionamientos exigidos por la Casa Blanca.
Durante el proceso de revisión se produjeron fuertes contradicciones
entre los extremistas anticubanos y las agencias gubernamentales. Pero
prevaleció la cordura: una postura intransigente perjudicaba a las
compañías norteñas beneficiadas con la apertura, dañaba los objetivos
estadounidenses en América Latina y ponía en peligro la colaboración con
Cuba en materia de seguridad nacional. Y durante esos primeros cinco
meses del año congresistas de los dos partidos en ambas cámaras, medios
de la prensa, empresarios, agricultores y militares de alto rango
retirados se habían estado pronunciando por dar continuidad al
estrechamiento de los vínculos bilaterales, lo que sin duda influyó para
que no se revirtiera lo alcanzado.
Al personal de la Casa Blanca y el Consejo de Seguridad Nacional no
le quedó otro remedio que echar mano a un proyecto de ley que había
presentado Marco Rubio al Senado, en junio de 2015, para prohibir las
transacciones económicas, financieras y comerciales de las empresas
estadounidenses con entidades cubanas gestionadas por las Fuerzas
Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior; Diaz-Balart
intentó colarlo en la Cámara de Representantes durante 2016, pero
tampoco consiguió nada.
Para Trump resulta vital el papel de los congresistas de origen
cubano en el Capitolio, donde se ha llegado a hablar en voz alta de
impeachment (juicio político). El preferido del momento es Rubio, quien
ha votado a favor de todas las iniciativas del presidente, y como
miembro del Comité de Inteligencia del Senado lo defendió cuando James
Comey fue convocado a esa instancia el 8 de junio. Trump acusa a Comey
de traicionar su confianza, por filtrar sus conversaciones a The New
York Times; pero en realidad el exdirector del FBI era una espina
atravesada en su garganta desde que absolvió a Hillary Clinton por
destrucción de evidencias previo a las presidenciales de noviembre.
Analistas señalan que Rubio cambió la integridad del país por la
promesa de un cambio de política hacia Cuba, lo que se puso de
manifiesto en cómo varió el tono condenatorio contra el presidente luego
de su decisiva asistencia en la publicitada audiencia de Comey, cuando
el senador cubano consiguió que perdiera fuerza el cargo de obstrucción a
la justicia. El equipo de Trump intenta sembrar como matriz de opinión
que el exdirector del FBI coopera con los demócratas para desbancarlo;
no obstante, las preocupaciones de la Casa Blanca no desaparecen. Un
sondeo vía telefónica de la cadena CBS, realizado del 15 al 18 de junio
pasados entre 1 117 adultos seleccionados de manera aleatoria en toda la
Unión, arrojó que el 39% piensa que el caso constituye un asunto
crítico de seguridad nacional; el 57% cree en los testimonios de James
Comey, contra el 31% a favor del mandatario. La encuesta mostró que la
mayoría está a favor de que la investigación llegue a fondo: 81% se
declaró en contra de la idea de detenerla; 15% prefiere desestimarla.
A cinco meses de la toma de posesión de Trump, nada de lo esencial
que llevó al legislativo ha sido aprobado; los escándalos y
contradicciones internas le impiden hallar consenso en el seno del
Partido Republicano; con solo un 34% de aceptación en junio, batió el
récord de más baja popularidad en la historia de Estados Unidos en etapa
similar; el FBI y la prensa no lo dejan dormir tranquilo.
Bajo estas presiones llegó al teatro Manuel Artime Buesa de Miami, en
la “icónica” Pequeña Habana. Con motivo de la conmemoración en Estados
Unidos del 20 de mayo de 1902, que marca el nacimiento de la República
neocolonial, ya había vuelto a recitar un rosario de sandeces, incluida
la mención a José Martí en términos manipuladores —como si los cubanos
no conociéramos su raigal antimperialismo—, y recordó su compromiso con
el cambio de régimen en la Isla. Frente a un reducido auditorio, el 16
de junio su presencia adquirió fuerza de símbolo. Artime, burgués
incorporado al Ejército Rebelde en diciembre de 1958, vinculado al
también traidor Hubert Matos y agente de la CIA hasta que la embajada
yanqui lo sacó clandestinamente de La Habana para evitar su detención,
formó parte de la Junta Política seleccionada por la Administración
Kennedy para conformar el “gobierno” que solicitaría la intervención
directa del Ejército de Estados Unidos si el contingente mercenario
organizado, armado y entrenado por la CIA y el Pentágono, tomaba una
cabeza de playa en bahía de Cochinos.
Rodeado de politiqueros, esbirros y mercenarios, Trump pronunció un
discurso plagado de amenazas, mentiras, incoherencias, falsas
acusaciones y condicionamientos. Una pieza anticomunista al más rancio
estilo de los tiempos de la confrontación abierta con la Revolución
cubana durante la Guerra Fría. Manejó a los presentes como marionetas y,
para exaltar sus ánimos hasta el paroxismo, rememoró Playa Girón, la
Crisis de Octubre, la operación Peter Pan y el derribo de las avionetas
de Hermanos al Rescate; mientras, un grupo de terroristas multipremiados
deliraban de entusiasmo cuando les celebraba su “espíritu de aventura”.
Como expresó el canciller Bruno Rodríguez a una cadena de prensa
internacional, en su alocución el presidente estadounidense culpó a Cuba
de lo humano y lo divino.
De todos los que se concentraron en el teatro Manuel Artime, ninguno
llevó una bandera cubana. “¡USA!, ¡USA!, ¡USA!” —clamaban agitando
banderitas de Estados Unidos en aquella función circense. Y en las
postrimerías del acto, hombres y mujeres con la mano derecha en el pecho
escucharon conmocionados una versión de The Star Spangled Banner mal
tocada por un violinista mediocre, cuyo mérito —en correspondencia con
lo anunciado por el mismísimo Trump— es ser hijo de Benigno Haza,
esbirro que participó junto a José María Salas Cañizares en el asesinato
de Frank País, Raúl Pujol y otros jóvenes santiagueros durante la
tiranía de Batista. Fuimos testigos de un hecho incontrastable: la fauna
jurásica de Miami y los nuevos delincuentes-mercenarios que se le han
sumado, abogan por una Cuba yanqui añadida como una estrella más a su
blasón.
Trump le echó mano a la retórica gastada que impera en Washington
desde 1959 —con breves períodos de alternancia durante las
administraciones Carter y Obama—, para derogar la Directiva Presidencial
de Política sancionada por su predecesor el 14 de octubre de 2016 —no
llegó a un año—, a la que calificó de terrible y equivocada. De un
plumazo rompió el guion que regía los pasos de la burocracia federal
respecto a Cuba, razón de las reiteradas críticas de Marco Rubio y Mario
Díaz Balart, y tiró por tierra los esfuerzos realizados a ambos lados
del estrecho de la Florida por avanzar en un curso inédito, de mayor
realismo y complejidad, que condujo al mejoramiento sustantivo de las
relaciones bilaterales.
La PPD-43 (directiva derogada) tenía un carácter injerencista. Obama
interpretó los cambios promovidos por el gobierno cubano en función de
perfeccionar el modelo socioeconómico y su aparato institucional, como
oportunidades para hacer avanzar los arcaicos intereses hegemónicos de
Estados Unidos. Y en la consecución de ese propósito, implementó un
programa de cambio de régimen que apostaba al mejoramiento de las
comunicaciones y el acceso de la Isla a Internet —bajo control de las
transnacionales estadounidenses—, con la manipulación del denominado
intercambio “pueblo a pueblo”, mientras se intentaba formar y
estructurar un segmento neoplattista dentro de los sectores académico e
intelectual, y se maquinaba el crecimiento como clase media y posible
aliado táctico de un empresariado privado, dos ejes esenciales del
Caballo de Troya que se buscaba plantar en el seno de la Revolución para
socavar su ordenamiento político, económico y social.
Pese a ello, por primera vez un documento oficial de la Casa Blanca
reconocía la independencia, soberanía y autodeterminación de Cuba, así
como la legitimidad de su gobierno, al tiempo que conceptuaba el bloqueo
económico, comercial y financiero contra la Isla como una herramienta
obsoleta, y abogaba por una mayor interconexión económica que diera
acceso a las compañías estadounidenses a los mercados cubanos. En
especial, la PPD-43 instituyó los acuerdos no vinculantes alcanzados —en
un clima de respeto e igualdad de condiciones— por la Comisión
Bilateral que trabajó en temas medioambientales, áreas marinas
protegidas, salud pública e investigación biomédica, agricultura,
hidrografía, enfrentamiento al narcotráfico, seguridad de los viajes y
el comercio, aviación civil y transporte directo de correo, cuyos
resultados llenaron de optimismo al más escéptico de los analistas
políticos.
Entre expresiones apocadas y saludos caricaturescos, Trump anunció su
resuelta decisión de limitar “el dinero estadounidense que fluye hacia
los servicios militares, de seguridad y de inteligencia” cubanos, lo que
en la hoja informativa de la Oficina del Secretario de Prensa de la
Casa Blanca se tradujo en que la “nueva política direcciona las
actividades económicas alejándolas del monopolio militar cubano, el
Grupo de Administración Empresarial (GAESA), incluyendo la mayoría de
transacciones relacionadas con viajes, a la vez que permite a personas y
entidades estadounidenses desarrollar vínculos económicos con el sector
privado y de empresas pequeñas en Cuba”.
Con una intención de mayor alcance, atacó la política de Obama sobre
un presupuesto que la maquinaria mediática anticubana y grandes medios
de la prensa estadounidense intentan presentar desde siempre como imagen
de Cuba: una sociedad supuestamente bajo control militar —manipulación
con la que pretenden fragmentar el alma nacional e injuriar al liderazgo
de la Revolución—, lo que asombra en el presidente de una nación que
controla el 32% del mercado mundial de armas y se aboca a una nueva
carrera armamentista.
Trump no hizo más que dar una vuelta de rosca al bloqueo,
aprovechando el efecto que sus dotes histriónicas provocan entre los
fans de sus proyecciones fascistas. Para quienes no conocen a Cuba, dos
precisiones necesarias: en la Isla los grandes medios de producción y
los servicios están en manos del Estado, y en ese esquema GAESA
participa en la administración de una rama del sector turístico y de una
cadena de tiendas con gestión eficiente, al servicio de nuestro pueblo;
la otra —debe ser consecuencia de mi pobre imaginación—, no consigo
representarme a las compañías transnacionales que detentan el poder
económico en Estados Unidos —y en el planeta—, en la búsqueda de nuevas
oportunidades con cafeterías, restaurantes o pequeños negocios en manos
privadas, o con el esquema de cooperativas. Es, simplemente, un
espejismo, una manera ridícula de distorsionar la realidad de un país
cuyo modelo socioeconómico cuenta con el respaldo mayoritario de su
gente.
Según lo publicado por la OFAC, cualquier compromiso que incluya
“transacciones directas con entidades relacionadas con los servicios
militares, de inteligencia o de seguridad cubanos que puedan estar
afectados por la nueva política de Cuba se permitirán, siempre que esos
compromisos comerciales estuvieran en vigor antes de la emisión de las
próximas regulaciones”. Resulta lógica esta aclaración: Washington no
cuenta con el capital político para ir por más; sin embargo, detrás de
la arrogancia de Trump está la evidente intención de enrarecer el marco
político de las relaciones bilaterales y ello quizás tenga un efecto
disuasivo en empresas de Estados Unidos que han expresado interés en
promover inversiones directas en Cuba; en el orden internacional,
igualmente pudiera espantar a compañías de terceros países que se
disponían a aprovechar las oportunidades que ofrece la nueva ley de
inversión extranjera de la Isla.
La otra medida de peso es la prohibición de los “viajes individuales
autodirigidos” —como los calificó la Oficina del Secretario de Prensa de
la Casa Blanca— a Cuba por ciudadanos estadounidenses.
Trump hizo énfasis en que los beneficios del turismo fluyen
directamente a las fuerzas militares y eso va contra sus aspiraciones de
expandir el sector privado. Cuba es el único país del planeta al que
los estadounidenses no pueden viajar con libertad, prohibición dispuesta
en un apéndice de la Ley Helms-Burton. Al flexibilizarse las
restricciones de viaje por parte de la Administración Obama, las visitas
se dispararon de 161 233 en 2015 —suma que no incluye los cubanos
residentes en Estados Unidos— a 284 937 en 2016; en los primeros cinco
meses de 2017 totalizaron 284 565, comportamiento que apuntaba a
duplicar la cifra antes de finalizar el año. En correspondencia con tal
crecimiento, el 19 de junio Taleb Rifai, director de la Organización
Mundial del Turismo, aseguró que en una dinámica que alcanza los 4 000
000 de visitantes —con un incremento de un millón en solo un lustro—, la
nueva decisión de Washington tendrá un impacto limitado en el
desarrollo turístico de la Isla y afectará sustancialmente la economía y
empleos de Estados Unidos, pues muchas de sus compañías han comenzado a
invertir y hacer negocios con Cuba en vistas de su enorme potencial en
el ramo.
Otra cosa que no dijo Trump entre tanta diatriba enfebrecida, es que
los “viajes individuales autodirigidos” que suspendió, son en su casi
generalidad organizados por Airbnb, compañía con sede en California,
líder mundial en conectar propietarios de viviendas con personas que
buscan alojamientos turísticos; ¿su emblema?: “Reserva alojamientos
únicos y descubre cada destino como un habitante más”.
Con presencia en 192 países y oficina en Miami para América Latina,
desde su constitución en 2008 ha hospedado a 60 000 000 de personas. En
un informe divulgado el 5 de junio por Hosteltur Caribe (portal digital
líder en español de noticias de turismo), Airbnb refiere que su
comunidad nació en Cuba en abril de 2015 y hoy es su destino más
dinámico, con solicitudes repartidas por 70 ciudades y pueblos de la
Isla. Como resultado de su gestión, alrededor de 70 000 estadounidenses
llega cada mes y el precio promedio por reserva es de 164 dólares. De
acuerdo con sus cifras, gracias a los 560 000 turistas operados en estos
dos años los propietarios de las 22 000 casas cubanas incluidas en su
plataforma (13 000 en La Habana) han ganado unos 40 000 000 de dólares.
La Habana tiene más alojamientos Airbnb que Austin, Houston, San
Francisco, Boston, San Diego y Chicago, y la demanda no para de crecer.
En lo que va de 2017, Cuba es el noveno país más popular en Airbnb para
los turistas estadounidenses, por delante de Australia, Alemania,
Holanda y Tailandia, entre otros destinos. Concluye el informe que como
los huéspedes gastan en barrios cercanos a su alojamiento, Airbnb
también sirve de ayuda a una amplia gama de pequeños negocios como los
restaurantes particulares y los talleres de artistas (Hosteltur Caribe,
2017).
En esta área una reacción inmediata contra la decisión de Trump vino
del republicano Jeff Flake, quien junto al demócrata Patrick Leahy
reintrodujo en el senado el proyecto de ley «Libertad para Viajar a
Cuba», que, presentado en 2015 por ocho legisladores republicanos y
demócratas, nunca llegó a votarse. Cuenta ahora con 54 copatrocinadores
de ambos partidos y Flake piensa que en la Cámara Alta sería aprobado
por unos 70 legisladores.
¿Qué hay, entonces, detrás de la medida? Expertos coinciden en que la
mayoría de los estadounidenses que viajan a la Isla regresan a sus
hogares con mayor respeto por la historia cubana y superior comprensión
de los desafíos que afronta su sociedad. Y ello, por supuesto, incluye
la toma de conciencia acerca de la ilegitimidad del bloqueo económico y
su carácter genocida. Una política beligerante se hace insostenible
frente al incremento del intercambio entre nuestros dos países, pues en
la medida en que la opinión publica norteña se adentra en el
conocimiento de la realidad insular —signada por aciertos y desaciertos,
como en todas partes, pero marcada por valores en peligro de extinción
global como tranquilidad ciudadana, justicia social, solidaridad e
internacionalismo, entre otros—, se derrumba la torre levantada por una
maquinaria anticubana feroz, sostenida con fondos del gobierno federal
destinados a alimentar la envejecida industria de la contrarrevolución.
Por esta razón los “viajes individuales autodirigidos” constituyen la
primera víctima de Trump. Como declaró en una conferencia de prensa un
funcionario de su administración: los viajes independientes son “una
categoría fácil de abusar” (Santiago, 2017). Les resulta difícil
enfrentar a una nación consciente de su destino, que desconoce el odio.
Más allá de errores e influencias inevitables —causa de dificultades y
retrocesos—, el arraigo en las bases populares cubanas de la ética y la
cultura de la Revolución hacen de este archipiélago un bastión
identitario, eje esencial de legitimación de su socialismo, y un símbolo
paradigmático frente a la ideología neoliberal.
Más adelante podrían intentar también cargar contra las actividades
académicas y culturales, sobre todo contra estas últimas; las que más
temen. Uno de los invitados de Trump, el delincuente-mercenario Jorge
Luis García (Antúnez), tras acabarse el show calificó el fecundo
intercambio cultural entre los dos países de “vergonzoso”, sin que
ninguno de los concurrentes o de sus partidarios le saliera al paso; de
hecho, Antonio Rodiles y Rosa María Payá, aferrados a los jirones de la
Brigada 2506, invocaban a gritos la Ley Helms-Burton. Un reconocido
intelectual-mercenario que no participó en el espectáculo: Antonio José
Ponte Mirabal, salió luego con suma sutileza en defensa del presidente
de Estados Unidos y, para garantizar “objetividad”, calificó la nueva
política con el eufemístico término de “problemática”.
Con la comunidad cubana en Estados Unidos, Trump prefirió no
enfrentarse durante el discurso. De acuerdo con las últimas encuestas,
el 63% de los cubanos residentes en ese país están a favor de eliminar
el bloqueo y el 69% de normalizar las relaciones con su patria; no
obstante, amplió la categoría de “funcionarios prohibidos del gobierno
de Cuba” en la sección III-D del “Memorándum Presidencial para el
Fortalecimiento de la Política de Estados Unidos hacia Cuba”, esperando
inhibir el envío de remesas por parte de sus familiares.
Algo se puso de manifiesto: ya no es como antes. No hicieron más
porque no pudieron; las presiones de amplios sectores dentro de la
sociedad estadounidense no se lo permiten. Se mantienen las embajadas en
La Habana y Washington; las categorías de licencias generales para
viajes en grupos (12); los vuelos comerciales, los cruceros y el correo
postal; el envío de remesas familiares; las exportaciones agrícolas a
Cuba; la salida de la nación caribeña de la lista de países terroristas
del Departamento de Estado y el fin de la política de “pies secos-pies
mojados”, que durante más de veinte años otorgó un trato absurdo y
preferencial a los emigrantes cubanos; tampoco se pudo pronunciar sobre
ninguno de los 22 acuerdos firmados.
Quedó claro, sin embargo, que Trump comenzó a desmontar por piezas el
puente tendido por su predecesor. No tiene apuros. Hombre de negocios
al fin, sabe que debe avanzar centímetro a centímetro para derrotar la
popular PPD-43. Vendrá próximamente sobre la lista de países
patrocinadores del terrorismo —lo dejó caer en su intervención— y
también sobre la dedicada al tráfico de personas. No escatimó señales
para anunciar que incrementará hasta el máximo el foco de tensión en las
relaciones bilaterales, aunque habremos de esperar, para precisar el
alcance y profundidad de sus amenazas, a que publiquen las regulaciones
con las que se instrumentarán las medidas.
Una vez más en la Casa Blanca se aprecia a la mayor de las Antillas
como un asunto de política doméstica. Los nuevos inquilinos han frenado
la dinámica constructiva experimentada entre nuestros dos países durante
el proceso de acercamiento, para premiar a un decadente electorado en
la Florida; lo sucedido constituye el inicio de una escalada que pudiera
llevar los nexos bilaterales a punto muerto, sin renunciar a las
relaciones diplomáticas. Nadie está en capacidad de pronosticar si esta
administración podrá ser tenida en cuenta por Cuba como interlocutor
válido. Habrá que observar. La proyección anunciada de
concesiones/recompensa hace recordar la vetusta fórmula intervencionista
de Teddy Roosevelt que en nuestra región se conoce como “el garrote y
la zanahoria”, inventada para garantizar el control de sus intereses
geopolíticos en América Latina.
Mientras escuchaba con vergüenza al desafinado violinista, imaginé la
indignación de los revolucionarios cubanos cuando se izó la bandera de
Estados Unidos en el Palacio de los Capitanes Generales, el 1.º de enero
de 1899, fecha oficial de su intervención en Cuba como colofón de su
intromisión en nuestra guerra de independencia contra España, en el
instante en que la victoria mambisa era solo cuestión de tiempo. Casi
cinco años después, el 10 de diciembre de 1903, en un acto de similar
solemnidad, el pabellón estadounidense se elevó sobre el cielo de Playa
del Este, en la bahía de Guantánamo, para apropiarse —gracias a la
Enmienda Platt— de una parte, de nuestro suelo que aún ocupan
ilegalmente.
Para los “centristas” —identificados con el término dado el
descrédito de la socialdemocracia— que hablan de «socialismo
democrático» para sembrar en el imaginario popular la idea de que el
nuestro no lo es, lo acontecido en el teatro Manuel Artime constituye
una enseñanza, sobre todo para quienes —quizás por ingenuidad— aspiran a
un capitalismo tropical de corte keynesiano a 90 millas de Estados
Unidos, cuando la teoría de este economista británico se estudia desde
el enfoque neoliberal como Historia Antigua en prácticamente todas la
universidades del mundo. En buen cubano: los neoplattistas quedaron
colgados de la brocha. A Trump le resultan indiferentes; demasiado
blandos, demasiado inconsecuentes. No les queda otro remedio que esperar
agazapados mejores tiempos; mientras tanto, intentarán superar su
rating intelectual.
Cierro con las notas que publiqué en mi modesto muro de Facebook
cuando concluyó el acto miamense, compartidas por unos doscientos amigos
internautas de las redes sociales:
Show circense, espectáculo demencial: ¿cubanos? en Miami
conmocionados ante el himno de Estados Unidos frente a su presidente, el
emperador Donald J. Trump, tras sus beligerantes anuncios de última
hora. Desde la Cuba de Céspedes, Maceo, Martí y Fidel les respondemos:
la bandera sigue en alto, la patria está viva. Salve César, los que van a
morir te saludan.
Bibliografía
Centro de Información de las Naciones Unidas (2017): «Las
restricciones de viaje a Cuba dañarán la economía de Estados Unidos», 19
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(Tomado de La Jiribilla)