El poderoso movimiento pro-amnistía logró
activar la conciencia nacional hasta la
liberación de los jóvenes revolucionarios
(Foto: Archivo de BOHEMIA)
Por CARIDAD CARROBELLO
Mayo aún no cumplía su promesa de lluvias. El domingo 15, en la
entonces llamada Isla de Pinos, el calor y el entusiasmo popular
reverberaban juntos desde que se supo la noticia: serían excarcelados
los jóvenes asaltantes de dos de las fortalezas militares más
importantes de la tiranía en el oriente cubano.
Un año antes el dictador Fulgencio Batista, movido por intereses
electorales, había decretado el indulto de sus opositores. Pero excluyó
inicialmente a los asaltantes de los cuarteles de Santiago de Cuba y de
Bayamo, recluidos en el mal llamado Presidio Modelo.
La lucha de todo un pueblo, emprendida por el Comité de Familiares
Pro Amnistía, fue la que obligó al Presidente de la República a disponer
la liberación de los valerosos jóvenes. El
decreto oficial resultó ratificado por la Cámara de Representantes y el Senado.
Pero el tirano no cedería tan dócilmente. Maniobras oficialistas
pretendieron hacer ver que la aprobación de la amnistía llevaba
implícito un entendimiento con los combatientes, para lograr “una
equilibrada solución nacional”.
Fidel Castro respondió a este intento mediante la
Carta sobre la Amnistía,
fechada el 19 de marzo de 1955 y publicada en la revista BOHEMIA el 25.
Con ella reveló las artimañas de la dictadura para que el grupo de
revolucionarios abandonase la lucha a cambio del indulto. Esta denuncia
pública provocó que el Consejo Disciplinario del Penal dispusiera la
total incomunicación y extrema vigilancia sobre los jóvenes patriotas.
Abrazo de todo un pueblo
En este pabellón del Presidio Modelo, y
separados de su líder Fidel, los jóvenes revolucionarios estuvieron
confinados bajo estricta vigilancia (Foto: MARTHA VECINO).
El máster Roberto Unger Pérez, historiador de la principal ciudad
pinera y profesor de Filosofía e Historia, destaca una curiosa
coincidencia. “La llegada al Presidio Modelo del grupo inicial de los
asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en 1953,
coincidió con el mismo día y mes del inicio del confinamiento de José
Martí en la finca El Abra, el 13 de octubre de 1870. Es otro detalle que
une a estos revolucionarios con el autor intelectual del 26 de Julio”.
Explica Unger que poco después de la llegada de estos combatientes al
recinto, se activó la lucha por su liberación. Dentro del Comité de
Familiares Pro Amnistía jugaron un activo rol las madres de los presos,
quienes promulgaron la “Carta de las Madres de toda Cuba”, firmada por
María Esther Aguilera, Rosario Bosque de Almeida, Luisa Prieto de Miret y
Zenaida Oropesa de Montané.
Según datos históricos, la génesis de este Comité estuvo en Isla de
Pinos. La primera reunión fue en Nueva Gerona, donde se acordó imprimir
una tarjeta con la finalidad de extender la campaña por todo el país.
También el humilde hogar de la familia Almeida, en el capitalino reparto
Poey, municipio de Arroyo Naranjo, se convirtió en centro promotor de
estas actividades.
Celda donde estuvo aislado Fidel Castro. (Foto: MARTHA VECINO)
A la par, el Comité Gestor integrado por familiares y amigos
allegados, coordinó visitas y atenciones a los presos, para garantizar
la adecuada la comunicación entre el recinto carcelario y el exterior.
La unidad popular condujo a la victoria de aquel domingo 15 de mayo
de 1955. En horas de la mañana se le informó a periodistas y familiares
que había llegado la orden de libertad para los asaltantes, la cual
comenzó a ejecutarse a partir de la 1 p.m. con el primer grupo integrado
por Eduardo Rodríguez Alemán, José Suaréz Blanco, Jesús Montané
Oropesa, Ernesto Tizol Aguilera, Oscar Alcalde Vals, Fidel Labrador
García, Gustavo Arcos Bergnes, Abelardo Crespo Arias, Pedro Miret Prieto
y Ciro Redondo García.
Casi media hora después aparecieron Fidel y Raúl Castro, Juan
Almeida, Armando Mestre, Enrique Cámara, Agustín Díaz Cartaya, Orlando
Cortés y Mario Chanes. El último grupo lo integraron Ramiro Valdés
Daussá, José Ponce, Julio Díaz González, René Bedia, Reynaldo Benítez,
Francisco González, Gabriel Gil, Rosendo Menéndez, Andrés García, Israel
Tápanes y Eduardo Montano.
Estos libros y objetos le acompañaron durante el encierro (Foto: MARTHA VECINO)
Las heroínas del Moncada, Melba Hernández y Haydeé Santamaría,
estuvieron en el recibimiento. El hijo de Montané, quebrantó el cerco de
los guardias, lo cual fue aprovechado por el resto de los familiares
para abrazar a sus allegados.
Los excarcelados se dirigieron a Nueva Gerona. Almeida fue con sus
familiares a casa de Francisca Eduviges Herrera (Tin Tan), en el barrio
de Sierra Caballos; Ciro Redondo y otros compañeros se trasladaron a la
finca El Abra para rendir homenaje a Martí.
La principal ciudad pinera concentró la mayor parte de la expectación
nacional dada la presencia de Fidel Castro, quien junto a Montané y
otros revolucionarios, fue al café Nuevo Virginia y luego hacia la casa
de la familia Montané Oropesa, donde intercambiaron ideas hasta el
momento de salir hacia el hotel Isla de Pinos.
Ya en el hotel, el joven líder ofreció una conferencia de prensa.
Respondió firmemente que continuaría la lucha contra el régimen. Señaló
su oposición a la convocatoria de una Asamblea Constituyente (posición
sostenida por el oficialismo), por considerarla una clara maniobra para
alcanzar la reelección de Batista.
Al terminar, entregó a la prensa el Manifiesto al Pueblo de Cuba. En
él se expresaba la disposición de seguir la lucha inspirada en el
ideario martiano. Este documento proclamaba que la campaña popular por
la amnistía era “la gran victoria del pueblo en los últimos tres años”.
En el muelle donde estaba atracado el barco donde partirían hacia Batabanó, los moncadistas entonaron el
Himno del 26 de Julio,
igual que lo hicieron otra vez en el Presidio Modelo. Ese día El Pinero
zarpó más tarde, cerca de las 10 de la noche. Cuentan que durante la
travesía nadie durmió.
-
-
En conferencia de prensa Fidel dejó claro que nunca abandonaría la lucha contra la tiranía (Foto: Archivo de BOHEMIA)
-
-
Embarcación El Pinero, donde los jóvenes combatientes y sus
familiares realizaron la travesía desde Nueva Gerona hasta Batabanó
(Foto: MARTHA VECINO).
-
-
Embarcación El Pinero, donde los jóvenes combatientes y sus
familiares realizaron la travesía desde Nueva Gerona hasta Batabanó
(Foto: MARTHA VECINO).
-
-
Acogida popular tras la salida del presidio (Foto: Archivo de BOHEMIA)
Presidio Modelo
Edificado a cuatro kilómetros de la
capital pinera, durante el régimen del tirano Gerardo Machado, esta
cárcel fue más que sitio de confinamiento, un escenario de horrores.
Desde el prólogo de su libro Presidio
Modelo el destacado revolucionario y periodista Pablo de la Torriente
Brau, describió las atrocidades cometidas en la instalación: “Allí
estuvimos nosotros y casi dos años, asomados atónitos, al borde de aquel
remolino de inmundicia, que arrastraba en vértigo un clamor confuso de
voces de espanto; aullidos de los locos aterrorizados; explosiones de
los disparos homicidas; estertores angustiosos de hombres estrangulados
por sorpresa (…); gritos desesperados de los que morían de hambre y de
sed en las celdas!… ¡Rumor estremecido de un mundo indescriptible, que
dejó enferma de recuerdos mi imaginación!… ¡Para siempre!…”
Desde la primera muerte en 1926, el crimen
se apoderó del reclusorio; entre ese año y 1959 hubo 763 muertos,
muchos estrangulados, ahogados, golpeados, torturados, envenenados o
empujados desde lo alto de las construcciones circulares.
Allí, con apariencia de modernidad se
fusionaron 24 cárceles del país. Además durante la Segunda Guerra
Mundial el lugar se utilizó como campo de concentración, ya que fueron
encerrados y reprimidos ciudadanos de países del eje nazi-fascista
Berlín-Roma-Tokio, por considerarles espías.
El vicio y la corrupción alimentaron en
este lugar el maltrato, el tráfico ilícito y los castigos inhumanos que
no pudieron doblegar ni a los revolucionarios antimachadistas de los
años 30, ni a los asaltantes a los cuarteles Moncada y de Bayamo.
Fue en 1967 que el mal llamado Presidio Modelo se dejó de emplear como tal.
El decreto oficial
El martes 2 de mayo de 1955 resultó
ratificada la Ley de Amnistía por la Cámara de Representantes y al
siguiente día por el Senado. El 6, el Primer Ministro, Jorge García
Montes, entregó a la prensa una nota oficial en la cual se expresaba que
el Presidente de la República había firmado la excarcelación de los
sancionados.
Fue reflejada la Ley en el número
extraordinario de la Gaceta Oficial de Cuba, con un apéndice de último
momento que incluía a los exmilitares. La decisión sería firme, según lo
establecido, dos días después, sin embargo, tanto en la prensa como en
otros medios surgieron confusiones en su interpretación.
El viernes 13 de mayo, día de la supuesta
excarcelación, en la primera página del periódico La Calle, Luis Orlando
Rodríguez denunciaba con el artículo “Quieren matar a Fidel Castro”, el
plan organizado por provocadores de la tiranía para atentar contra la
vida de los jóvenes revolucionarios. Igual destacaba la intención de
confundir al pueblo en cuanto a la fecha y hora de la excarcelación para
evitar demostraciones a favor.
Hasta el momento de la salida, los
familiares y el pueblo estuvieron concentrados cerca de la entrada del
Presidio Modelo para evitar cualquier contratiempo.
Carta de Fidel sobre la amnistía
Presidio Modelo, Isla de Pinos
marzo de 1955
Dr. Luis Conte Agüero
Presente
Mi entrañable amigo:
Estar preso es estar condenado al silencio
forzoso; a escuchar y leer cuanto se habla y escribe, sin poder opinar;
a soportar los ataques de los cobardes, que se aprovechan de las
circunstancias para combatir a quienes no pueden defenderse y hacen
planteamientos que de no encontrarnos imposibilitados materialmente
merecerían nuestra inmediata réplica.
Todo esto sabemos que hay que sufrirlo con
estoicismo, como parte del sacrificio y de la amargura que tofo ideal
exige. Pero hay veces en que es preciso vencer todos los obstáculos,
porque resulta imposible guardar silencio sin que la dignidad se sienta
lastimada. No redacto estas líneas para buscar el aplauso que tantas
veces se otorga con exceso al mérito aparente, al gesto teatral, y se
niega a los que saben cumplir el deber sencilla y naturalmente. Lo hago
por rectitud de conciencia, por la consideración, respeto y lealtad que
al pueblo debo. Y al dirigirme al pueblo de Cuba para expresar mi
opinión (que no debo reservarme por ninguna razón de conveniencia),
sobre el problema que a nosotros nos atañe directamente, y que ocupa
gran parte de la atención pública: la amnistía política; quiero hacerlo a
través de tu persona, de hermano más que de amigo, y ti cívica “Tribuna
Libre”, rogándote la hagas extensiva a otros órganos, igualmente
dignos, de la prensa radial y escrita.
El interés que una inmensa parte de la
ciudadanía ha mostrado a favor de nuestra libertad, nace del sentido
innato de la justicia en las masas y de un sentimiento profundamente
humano de un pueblo que no es ni puede ser indiferente. Alrededor de
este sentimiento, ya incontenible, se ha levantado una orgía de
demagogia, de hipocresía, de oportunismo y mala fe. Saber qué pensamos
los presos políticos de todo esto es quizás la pregunta que se han
formulado millares de ciudadanos y tal vez no pocos personeros del
régimen. Crece el interés si, como en este caso, se trata de los del
Moncada, los excluidos de todas las amnistías, el objeto de todos los
ensañamientos, el punto clave de todo el problema. ¡No sé si los más
odiados o los más temidos!…
Algunos voceros han dicho que ya “hasta
los Moncadistas serán incluidos”. No se nos puede mencionar sin un
“hasta”, un “incluidos” o un “excluidos”. Dudan, vacilan, saben a
ciencia cierta que si hacen un survey, el 99 por ciento del pueblo la
pediría, porque al pueblo no se le engaña fácilmente, ni se le pueden
ocultar las verdades, pero no están seguros de lo que piensa el uno por
viento vestido de uniforme, temen disgustarlo y temen con razón porque
han estado envenenando interesadamente el alma de los militares contra
nosotros, falseando los hechos, imponiendo la censura previa durante
noventa días y la Ley de Orden Público para que no se supiera nunca lo
que allí pasó, ni quiénes fueron humanos en el combate y quiénes
realizaron actos que algún día la historia recordará con espanto.
¡Cuán extraña conducta ha seguido el
régimen con nosotros! En público nos llaman asesinos, en privado nos
califican de caballeros. En público nos combaten con encono, en privado
vienen a conocernos. Un día es un coronel del ejército con su plana
mayor, me ofrece un tabaco, me obsequia un libro, todos muy corteses.
Otro día se aparecen tres ministros, risueños, amables, respetuosos. Uno
de ellos expresa: “no te preocupes, esto pasa, yo puse muchas bombas y
le estuve preparando a Machado un atentado en el Country Club, yo
también fui preso político”.
Celebra el usurpador una entrevista de
prensa en Santiago de Cuba: declara que no existe opinión pública a
favor de nosotros. Días después se produce un hecho insólito: el pueblo
oriental en masa, en un acto de un partido, al que no pertenecemos, la
más grande movilización de la campaña, según los cronistas, grita
incesantemente nuestros nombres y clama por nuestra libertad.
¡Formidable respuesta de un pueblo bizarro y leal que sabe bien la
historia del Moncada!
Ahora nos corresponde a nosotros responder
también con civismo el emplazamiento moral que el régimen nos hace al
declarar que habrá amnistía si los presos y exiliados cejan en su
actitud, di hay compromiso tácito o expreso de acatamiento al gobierno.
Una vez los fariseos le preguntaron a
Cristo si debía a no pagar tributos al César. Su respuesta debía hacerlo
quedar mal con el César o con el pueblo. Los fariseos de todas las
épocas conocen ese ardid. Así hoy se pretende desmoralizarnos ante el
pueblo o encontrar un pretexto para dejarnos en prisión.
No me interesa en lo absoluto demostrarle
al régimen que debía dictar esa amnistía, ello me tiene sin cuidado
alguno; lo que me interesa es demostrar la falsedad de sus
planteamientos, la insinceridad de sus palabras, la maniobra ruin y
cobarde que se está llevando a cabo con los hombres que están en prisión
por combatirlo.
Han dicho que son generosos porque se
sienten fuertes, pero son rencorosos porque se sienten débiles. Han
dicho que no albergan odios y, sin embargo, lo han ejercido sobre
nosotros como no se ejerció jamás contra un grupo de cubanos.
Habrá amnistía cuando haya paz. ¿Con qué
moral pueden hacer semejante planteamiento hombres que se han pasado
tres años pregonando que dieron un golpe de estado para traer la paz a
la República? Entonces no hay paz. Luego, el golpe de estado no trajo la
paz; por tanto el gobierno reconoce su mentira después de tres años de
dictadura; confiesa al fin que falta la paz en Cuba desde el mismo día
que asaltaron el poder.
“La mejor prueba de que no existe
dictadura es que no hay presos políticos”, dijeron durante muchos meses;
hoy que la cárcel y el exilio están repletos no pueden, pues, decir que
vivimos en un régimen democrático-Constitucional. Sus propias palabras
los condenan.
Para que haya amnistía es necesario que
los adversarios del régimen cejen su actitud. Es decir, que se comete un
crimen contra el derecho de gentes, se nos convierte en rehenes, se
hace con nosotros lo mismo que nos nazis en los países ocupados. Por eso
somos hoy, más que presos políticos, los rehenes de la dictadura.
Para que haya amnistía es preciso un
previo compromiso de acatamiento al régimen. Los miserables que sugieren
tal cosa suponen que los que llevamos veinte meses desterrados y
presos, en esta isla, hemos perdido la entereza bajo el exceso de rigor
que nos han impuesto. Desde sus jugosas y cómodas posiciones oficiales,
donde quisieron vivir eternamente, tienen la ruindad de hablar en esos
términos, hacia quienes, mil veces más honorables que ellos, han
enterrado en las galeras de presidio. Quien escribe estas líneas ha
sumado dieciséis meses aislado en una celda, pero se diente con energías
suficientes para responder con dignidad. Nuestra prisión es in justa;
no veo por qué puedan tener la razón los que asaltan los cuarteles para
derrocar la legítima Constitución, que se dio el pueblo, y no los que
quisieron hacerla respetar; ni que hayan de tenerla los que, a ese
pueblo arrebataron su soberanía y libertad y no los que lucharon por
devolvérselas; ni porque hayan de tener ellos el derecho a gobernar la
República contra su voluntad, mientras que nosotros por lealtad a sus
principios nos consumimos en las prisiones.
Búsquense las vidas de los que mandan y
las encontrarán llenas de turbias actuaciones, fraudes y fortunas mal
habidas, compárense con las de los que murieron en Santiago de Cuba y
los que estamos aquí presos, sin mácula ni deshonra. Nuestra libertad
personal es un derecho inalienable que nos corresponde como ciudadanos
nacidos en una patria que no reconoce amos de ninguna clase; por la
fuerza se nos puede privar de esos derechos y a yodos los demás, pero
jamás logrará nadie que aceptemos disfrutarlos mediante un compromiso
indigno. A cambio de nuestra libertad no daremos, pues, ni un átomo de
nuestro honor.
Quines tienen que comprometerse a acatar
las leyes de la República, que la violaron ignominiosamente el 10 de
marzo; quienes tienen que acatar la soberanía y la voluntad nacional son
ellos, que las burlaron escandalosamente el 1ro de noviembre; quienes
tienen que propiciar un clima de sosiego y convivencia pacífica en el
país son ellos, que desde hace tres años lo mantienen en la inquietud y
la zozobra. Sobre ellos pesa la responsabilidad; sin el 10 de marzo no
hubiera sido necesario el combate del 26 de julio y ningún cubano
estaría sufriendo la prisión política.
Nosotros no somos perturbadores de oficio,
ni ciegos partidarios de la violencia, si la patria mejor que anhelamos
se puede realizar con las armas de la razón y la inteligencia. Ningún
pueblo seguiría al grupo de aventureros que pretendiese sumir al país en
una contienda civil, allí donde la injusticia no predominase y las vías
pacíficas y legales les franqueasen el camino a todos los ciudadanos en
la contienda cívica de las ideas. Pensamos como Martí que “es un
criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y
quien deja de promover la guerra inevitable”. Guerra civil que se puede
evitar no nos verá nunca promoverla la nación cubana, como reitero que
cuantas veces en Cuba se presenten las circunstancias ignominiosas que
siguieron al golpe artero del 10 de marzo será un crimen dejar de
promover la rebeldía inevitable.
Si nosotros considerásemos que un cambio
de circunstancias y un clima de positivas garantías constitucionales
exigiesen un cambio de táctica en la lucha, sólo como acatamiento a los
intereses y anhelos de la nación, pero jamás en virtud de un compromiso,
que sería cobarde y vergonzoso, con el gobierno. Y si ese compromiso se
nos exige para concedernos la libertad decimos rotundamente que no.
No estamos cansados. Después de veinte
meses nos sentimos firmes y enteros como el primer día. No queremos
amnistía al precio de la deshonra. No pasaremos bajo las horcas caudinas
de opresores innobles. ¡Mil años de cárcel antes que la humillación!
¡Mil años de cárcel antes que el sacrilegio del decoro! Lo proclamamos
serenamente, sin temer ni odio.
Si lo que hace falta en esta hora son
cubanos que se sacrifiquen para salvar el pudor cívico de nuestro
pueblo, nosotros nos ofrecemos gustosos. Somos jóvenes y no albergamos
ambiciones bastardas. Nada temas, pues, de nosotros los politiqueros,
que ya por distintas vías, más o menos disimuladas, se encaminan al
carnaval de las aspiraciones personales, olvidados de las grandes
injusticias que lastiman a la patria.
Y no ya la amnistía, ni siquiera pediremos
que nos mejoren el sistema de prisión, por donde el régimen ha
demostrado todo su odio y su saña hacia nosotros. “De nuestros enemigos
–como dijera unas vez Antonio Maceo- lo único que aceptaríamos gustosos
sería el sangriento patíbulo que otros compañeros nuestros, más
afortunados que nosotros, han sabido ir a él con la frente erguida y la
tranquilidad de conciencia del que se sacrifica por la justa y santa
causa de la libertad”.
Frente a la transigencia bochornosa de
hoy, a los setenta y siete años de la protesta heroica, el Titán de
Bronce tendrá en nosotros sus hijos espirituales.
Fidel Castro
Himno del 26 de Julio
Era el 12 de febrero de 1954. En el
antiguo reclusorio mal llamado Presidio Modelo, hoy Monumento Nacional y
Palacio de Pioneros 15 de Mayo, los asaltantes a los cuarteles Moncada y
de Bayamo aprovecharon la visita de Fulgencio Batista al penal, para
hacer valer la firmeza revolucionaria entonando las notas del Himno del
26 de Julio.
Agustín Díaz Cartaya había compuesto
aquella marcha en apenas tres días, la cual tituló Himno de la Libertad,
pero posteriormente fue calificada con la histórica fecha que cambió el
rumbo de la patria.
“Marchando vamos hacia un ideal/ sabiendo
que hemos de triunfar/ en aras de paz y prosperidad/ lucharemos todos
por la libertad”, entonaron los valientes jóvenes.El tirano creyó en un
inicio que se trataba de una bienvenida, pero cuando puso atención a la
letra de la canción hizo un gesto contrariado. La represión al atrevido
grupo no se hizo esperar.
Letra original del Himno del 26 de Julio
Marchando, vamos hacia un ideal
sabiendo que hemos de triunfar
en aras de paz y prosperidad
lucharemos todos por la libertad.
Adelante cubanos
que Cuba premiará nuestro heroísmo
pues somos soldados
que vamos a la Patria liberar
limpiando con fuego
que arrase con esta plaga infernal
de gobernantes indeseables
y de tiranos insaciables
que a Cuba
han hundido en el Mal.
La sangre que en Oriente se derramó
nosotros no debemos olvidar
por eso unidos hemos de estar
recordando a aquellos que muertos están.
La muerte es victoria y gloria que al fin
la historia por siempre recordará
la antorcha que airosa alumbrando va
nuestros ideales por la Libertad.
El pueblo de Cuba…
sumido en su dolor se siente herido
y se ha decidido…
hallar sin tregua una solución
que sirva de ejemplo
a ésos que no tienen compasión
y arriesgaremos decididos
por esa causa hasta la vida
¡que viva la Revolución!