Guayacán es el nombre común con el que se conoce a varias especies de árboles nativos de América, pertenecientes a los géneros Tabebuia, Caesalpinia, Guaiacum y Porlieria. Todas las especies de guayacán se caracterizan por poseer una madera muy dura. Es justamente por esa característica que reciben el nombre de guayacán, aun cuando no guarden relación de parentesco entre sí.
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jueves, 23 de mayo de 2019

El teniente Manolo, el primer mártir de la Seguridad

Manuel López de la Portilla. Foto Internet



Algunos años después, frente a los arrecifes del Arenal de Jijira, en Santa Cruz del Norte, el teniente Manuel López de la Portilla había de recordar aquella tarde remota en que sintió la muerte un tanto más cerca. En La Habana gobernaba entonces Fulgencio Batista, y los grupos policiales respondían con mayor fuerza a los mítines y protestas estudiantiles, o por lo menos con la fuerza suficiente para que los doctores tuvieran que implantar un casco de plata en la cabeza de un muchacho espigado de pelo oscuro, cejas tupidas y poco más de 14 años.




Manolo se acostumbró desde pequeño a estar de paso: de Pinar del Río a la Isla de Pinos donde Blanca, su madre viuda, trabajó de costurera en las colonias japonesas de la región. De allí, y en medio del éxodo de los nipones durante la Segunda Guerra Mundial, al poblado pesquero de Surgidero de Batabanó. Luego, a la capital, el Vedado, donde ella haría otra vez de sastre y él, de aprendiz de joyería en las tardes y estudiante de Comercios por las noches.
Después, de las protestas al salón de operaciones y, de las reuniones del grupo de acción y sabotaje de Gerardo Abreu Fontán a preparar cocteles molotov. Desde entonces, seguirle el rastro se convirtió en una tarea difícil, especialmente para la policía batistiana. Ahora iba de la casa de una tía, a la de un compañero del Colegio de Calzada y Calle 20, de la calle 27 y A o incluso unas cuadras más abajo en Paseo y 27, a Prado No. 109, donde se escondía su célula del Movimiento 26 de Julio, o del medio del Vedado en la preparación de las acciones contra la dictadura.
En el único retrato que queda de él, sobresale una boca contenida en mohín melancólico bajo dos ojos negros y tristes, o quizás demasiado pequeños para endosar otra expresión. O tal vez, la pintura se hiciera en un momento de paz, de espera entre una casa y la siguiente, entre una vida y la otra.
En los arrecifes de punta Jijira, a menos de una cuadra de la Vía Blanca, los hombres del contrarrevolucionario Jaime Vega arrastraban a un muchacho sobre las rocas. Era sábado y la madrugada teñía todo de un gusto salado, casi árido. Entre ellos se turnaron para golpearlo. Uno, dos, tres puñetazos, daría uno; cuatro, cinco o seis patadas atizaría otro. Se escuchaba a veces un rechinar extraño, como si se le atinara un garrotazo a algo metálico. Pronto el eco de disparos y el hedor de la pólvora lo disolvieron todo en el aire. Minutos después, el muchacho, un mecánico de aviación, se desangraba sobre una camisa clara de puntos negros, dispuestos a líneas.
Era 16 de julio de 1960 y Manolo había llegado hace unas semanas de Oriente tras hacer contacto con varios miembros de la organización de Vega, con base en Jaruco. Ciento sesenta de ellos fueron detenidos gracias a sus investigaciones como infiltrado de la Dirección de Información del Ejército Rebelde en conspiraciones enemigas. Era sábado en la noche y Manolo encendía el carro mientras se acomodaba su camisa. Ya dentro, practicaba nervioso su fachada de mecánico de aviación. Tenía 19 años e iba camino a Jijira.

En la sala “Terrorismo de Estado” del Memorial de la Denuncia se exhiben prendas de mártires de la Revolución sobre un piso de casquillos de varios calibres, resguardados bajo lozas de cristal. Entre ellas se encuentra una camisa blanca roída por el impacto de dos balas. Las manchas de sangre se extienden del último botón hacia el cuello. En la espalda, algunas gotas de sangre del tamaño del índice agarran el hombro derecho. Era-explica la guía- la ropa que usaba el teniente Manuel López de la Portilla, primer mártir de los Órganos de la Seguridad del Estado, cuando fue asesinado.(www.minint.gob.cu)

domingo, 26 de marzo de 2017

Manolito, el primer mártir de la seguridad cubana

domingo 26 de marzo de 2017
Manuel López de la Portilla es el primer mártir de nuestros Órganos de la Seguridad del Estado. Fue asesinado salvajemente, con apenas 20 años de edad, luego de conocerse su condición de agente de la Seguridad, en la madrugada del 16 de julio de 1960, en el Arenal de Jijira, en Vía Blanca, Santa Cruz del Norte, una zona de arrecifes ubicada en la costa norte de La Habana.
Luego de ser golpeado con saña criminal, su cuerpo recibió varios disparos de arma de fuego.
Su misión fue la penetrar a una organización contrarrevolucionaria dirigida por Jaime Vega, de amplia ramificación en diversas provincias, el joven teniente contribuye a conocer una gran número de complotados y contribuir a la detención de cerca de 160 de los mismos, sobre todo a los ubicados en su principal zona de operaciones en Jaruco, al norte de La Habana. Su fachada era la de un mecánico de aviación desafecto a la Revolución.
Fue un activo luchador revolucionario, participando en manifestaciones y protestas estudiantiles contra la dictadura de Batista. Recibió varias heridas sumamente serias en los enfrentamientos con las fuerzas policiales del tirano. Una de ellas fue la fractura del cráneo, lo que lo obligó a tener un casco de plata en la cabeza.
Miembro del M-26-7, participa en un grupo de acción y sabotaje, dirigido por el ahora mártir Gerardo Abréu Fontán. Estuvo en la clandestinidad hasta que le sorprendió el triunfo de la Revolución el primero de enero de 1959.
Con su muerte validó una frase dicha a su madre, quien preocupada por su suerte, le recriminó sus llegadas tardes a casa: “Tú eres algo muy importante para mí, pero la patria también lo es; porque la patria es tu madre y la mía.”
Hoy Manolo es parte del martirologio fecundo de nuestra Seguridad del Estado.
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