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Publicado : 12/02/2014
La revista británica The economist, medio de
referencia mundial en el campo de la economía y los negocios, publicó en
julio del 2010 el siguiente editorial «Cyberwar. The thread from the
Internet».[1] En él, The economist expresaba que era el momento de que los países comenzaran a dialogar sobre el control de las armas cibernéticas en Internet.
El Editorial[2] comienza analizando cómo a través de la historia las nuevas tecnologías han revolucionado la guerra, a veces abruptamente -pensemos en el carro de combate, en la pólvora, el avión, el radar o la fusión nuclear-. Lo mismo ha sucedido con las tecnologías de la Información. Las computadoras e Internet han transformado la economía y la industria militar, otorgándoles un gran poderío. Los adelantos tecnológicos que se han obtenido hacen posible el envío de aviones controlados remotamente para capturar inteligencia, atacar objetivos militares e incluso, como ya se hecho una práctica en la actualidad, ejecutar asesinatos selectivos.
Sin embargo, como reconoce The Economist, la expansión de la tecnología digital tiene sus riesgos al exponer a los ejércitos y a la sociedad a los ciberataques (ataques digitales). La amenaza es compleja en múltiples aspectos y potencialmente peligrosa. Al igual que ha sucedido con el control de las armas convencionales y nucleares, los países deben comenzar a pensar en el modo de reducir las amenazas de la ciberguerra con el objetivo de intentar evitar los ataques antes de que sea demasiado tarde o por el contrario, afrontarlas con éxito si se realizan.
Nuestra relación con Internet cada vez es más estrecha, dependemos de ella para hacer nuestras transacciones bancarias, pagar recibos, hacer compras, trabajar y gozar de ratos de ocio lo cual es aprovechado por algunos, para sacar ventajas ilegítimas. Unos para espiar, otros para robar.
Tales vulnerabilidades no son desconocidas para individuos, organizaciones criminales, terroristas e incluso algunos Estados, los cuales han percibido -desde hace tiempo- las bondades que brindaba la red de redes para alcanzar sus objetivos y atacar a potenciales víctimas, destruyendo su información o la infraestructura que la soporta, para obtener informaciones de otros o para difundir las suyas propias.
Así surge el spoofing,[3] phishing[4] y otros términos nuevos a los que los ciudadanos apenas nos acostumbramos. Dineros e identidades robadas, violación a la privacidad, espionaje corporativo, son solo algunos de los retos que nos presenta esta nueva era de la interconectividad.
Internet abre enormes potencialidades a la guerra sicológica, tanto para la actividad e inteligencia, el intercambio de información, la manipulación para ataques en el ciberespacio como la distribución de correos basuras (Spam) el control remoto de computadoras (Botnet) o los ataque de denegación de servicios por sobrecarga (Ddos, Distributed denial of service). También las abre para acciones delictivas en los países que la emplean para trámites financieros, como la de identidades bancarias con fines de lucro (phising).
Internet se ha convertido en un instrumento, de los muchos que utiliza el gobierno de los Estados Unidos, para proyectar su política exterior e influir en los procesos internos del resto del mundo. Desde los años noventa el Pentágono y los tanques pensantes realizaron diversos estudios sobre la viabilidad y posibilidades de aplicación de las llamadas nuevas tecnologías de la Información y la Comunicación (TICS) a la guerra ideológica, psicológica y los conflictos armados. Con los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001, estas concepciones reciben un gran impulso al declarar el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld que «Internet es el nuevo escenario de la guerra contra el terror».
La acelerada revolución de la Información, entre otros adelantos tecnológicos, han modificado sustancialmente la agresividad de Estados Unidos hacia países y movimientos progresistas, mediante la implementación de un nuevo y eficaz modelo de agresión: las llamadas: «ciberguerra» (cyberwar) y la «guerra-en-red» (netwar).[5] Para esto han tomado como base el concepto de que, el desvirtuar a su libre albedrío el contenido de la información, permite un efecto positivo en sus pretensiones hegemónicas, mediante la creación de falsas percepciones sobre un país, creación de confusión generalizada, la satanización de figuras políticas y de naciones, así como la creación de condiciones para desestabilizar y fomentar la desobediencia social.
El caso Cuba
La guerra sicológica contra Cuba en relación con Internet se inicia con la negación de acceso a las tecnologías, equipamiento y servicios.
Cuando el ejército de los Estados Unidos desarrolló el correo electrónico, para Cuba estuvo vedado el acceso durante mucho tiempo. Incluso, los sitios web norteamericanos estuvieron bloqueados hasta mayo de 1994 bajo una política de «filtración de ruta» de la Fundación Nacional para la Ciencia (National Science Foundation, NSF).
Poco a poco la política y las acciones se fueron orientando hacia el empleo de Internet con el propósito de debilitar el sistema político cubano, sobre todo al ponerse en práctica la Ley Torricelli,[6] que identificó las comunicaciones con Cuba como una de las vías para lograrlo. Esta legislación autorizó la conexión a la Red por vía satelital, con el condicionamiento de que cada megabyte debía ser contratado a empresas norteamericanas o subsidiarias, previa aprobación por el Departamento del Tesoro.
La llamada Comisión para la asistencia a una Cuba democrática, creada en el año 2003, propuso «identificar medios adecuados para poner fin rápidamente al régimen cubano y organizar la transición». Entre ellos proponía el empleo de internet.
En el año 2006 el Departamento de Estado, dirigido por Condoleezza Rice, crea un grupo de tarea para la Libertad Global en la Red, con la misión de concentrarse en el monitoreo del uso del ciberespacio en el mundo, pero especialmente en China, Irán y Cuba. Además, dicho órgano debía estudiar las vías para el empleo de sus tecnologías contra estos países.
A partir del 2007 se desata una campaña mediática, existente aún, que acusa a Rusia, China, Irán Corea del Norte y Cuba de ataques o penetración de redes en EE.UU., Georgia, Estonia, Corea del Sur e Israel. Estamos en presencia de una verdadera guerra psicológica, orientada a fabricar consensos, tanto en el público estadounidense como en el internacional, en interés de objetivos políticos. Para lograrlo, se apoya en otras vías y acciones de tipo militar, económicas y diplomáticas diseñadas con tales propósitos.
Los pilares de esta estrategia son la guerra mediática; los medios de información y las comunicaciones su vía principal.
El Editorial[2] comienza analizando cómo a través de la historia las nuevas tecnologías han revolucionado la guerra, a veces abruptamente -pensemos en el carro de combate, en la pólvora, el avión, el radar o la fusión nuclear-. Lo mismo ha sucedido con las tecnologías de la Información. Las computadoras e Internet han transformado la economía y la industria militar, otorgándoles un gran poderío. Los adelantos tecnológicos que se han obtenido hacen posible el envío de aviones controlados remotamente para capturar inteligencia, atacar objetivos militares e incluso, como ya se hecho una práctica en la actualidad, ejecutar asesinatos selectivos.
Sin embargo, como reconoce The Economist, la expansión de la tecnología digital tiene sus riesgos al exponer a los ejércitos y a la sociedad a los ciberataques (ataques digitales). La amenaza es compleja en múltiples aspectos y potencialmente peligrosa. Al igual que ha sucedido con el control de las armas convencionales y nucleares, los países deben comenzar a pensar en el modo de reducir las amenazas de la ciberguerra con el objetivo de intentar evitar los ataques antes de que sea demasiado tarde o por el contrario, afrontarlas con éxito si se realizan.
Nuestra relación con Internet cada vez es más estrecha, dependemos de ella para hacer nuestras transacciones bancarias, pagar recibos, hacer compras, trabajar y gozar de ratos de ocio lo cual es aprovechado por algunos, para sacar ventajas ilegítimas. Unos para espiar, otros para robar.
Tales vulnerabilidades no son desconocidas para individuos, organizaciones criminales, terroristas e incluso algunos Estados, los cuales han percibido -desde hace tiempo- las bondades que brindaba la red de redes para alcanzar sus objetivos y atacar a potenciales víctimas, destruyendo su información o la infraestructura que la soporta, para obtener informaciones de otros o para difundir las suyas propias.
Así surge el spoofing,[3] phishing[4] y otros términos nuevos a los que los ciudadanos apenas nos acostumbramos. Dineros e identidades robadas, violación a la privacidad, espionaje corporativo, son solo algunos de los retos que nos presenta esta nueva era de la interconectividad.
Internet abre enormes potencialidades a la guerra sicológica, tanto para la actividad e inteligencia, el intercambio de información, la manipulación para ataques en el ciberespacio como la distribución de correos basuras (Spam) el control remoto de computadoras (Botnet) o los ataque de denegación de servicios por sobrecarga (Ddos, Distributed denial of service). También las abre para acciones delictivas en los países que la emplean para trámites financieros, como la de identidades bancarias con fines de lucro (phising).
Internet se ha convertido en un instrumento, de los muchos que utiliza el gobierno de los Estados Unidos, para proyectar su política exterior e influir en los procesos internos del resto del mundo. Desde los años noventa el Pentágono y los tanques pensantes realizaron diversos estudios sobre la viabilidad y posibilidades de aplicación de las llamadas nuevas tecnologías de la Información y la Comunicación (TICS) a la guerra ideológica, psicológica y los conflictos armados. Con los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001, estas concepciones reciben un gran impulso al declarar el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld que «Internet es el nuevo escenario de la guerra contra el terror».
La acelerada revolución de la Información, entre otros adelantos tecnológicos, han modificado sustancialmente la agresividad de Estados Unidos hacia países y movimientos progresistas, mediante la implementación de un nuevo y eficaz modelo de agresión: las llamadas: «ciberguerra» (cyberwar) y la «guerra-en-red» (netwar).[5] Para esto han tomado como base el concepto de que, el desvirtuar a su libre albedrío el contenido de la información, permite un efecto positivo en sus pretensiones hegemónicas, mediante la creación de falsas percepciones sobre un país, creación de confusión generalizada, la satanización de figuras políticas y de naciones, así como la creación de condiciones para desestabilizar y fomentar la desobediencia social.
El caso Cuba
La guerra sicológica contra Cuba en relación con Internet se inicia con la negación de acceso a las tecnologías, equipamiento y servicios.
Cuando el ejército de los Estados Unidos desarrolló el correo electrónico, para Cuba estuvo vedado el acceso durante mucho tiempo. Incluso, los sitios web norteamericanos estuvieron bloqueados hasta mayo de 1994 bajo una política de «filtración de ruta» de la Fundación Nacional para la Ciencia (National Science Foundation, NSF).
Poco a poco la política y las acciones se fueron orientando hacia el empleo de Internet con el propósito de debilitar el sistema político cubano, sobre todo al ponerse en práctica la Ley Torricelli,[6] que identificó las comunicaciones con Cuba como una de las vías para lograrlo. Esta legislación autorizó la conexión a la Red por vía satelital, con el condicionamiento de que cada megabyte debía ser contratado a empresas norteamericanas o subsidiarias, previa aprobación por el Departamento del Tesoro.
La llamada Comisión para la asistencia a una Cuba democrática, creada en el año 2003, propuso «identificar medios adecuados para poner fin rápidamente al régimen cubano y organizar la transición». Entre ellos proponía el empleo de internet.
En el año 2006 el Departamento de Estado, dirigido por Condoleezza Rice, crea un grupo de tarea para la Libertad Global en la Red, con la misión de concentrarse en el monitoreo del uso del ciberespacio en el mundo, pero especialmente en China, Irán y Cuba. Además, dicho órgano debía estudiar las vías para el empleo de sus tecnologías contra estos países.
A partir del 2007 se desata una campaña mediática, existente aún, que acusa a Rusia, China, Irán Corea del Norte y Cuba de ataques o penetración de redes en EE.UU., Georgia, Estonia, Corea del Sur e Israel. Estamos en presencia de una verdadera guerra psicológica, orientada a fabricar consensos, tanto en el público estadounidense como en el internacional, en interés de objetivos políticos. Para lograrlo, se apoya en otras vías y acciones de tipo militar, económicas y diplomáticas diseñadas con tales propósitos.
Los pilares de esta estrategia son la guerra mediática; los medios de información y las comunicaciones su vía principal.
[1] The Economist, Vol. 396, number 8689, July 3rd-9th 2010.
[2]
La revista plantea el tema de la ciberguerra con un editorial (pp.
9-10) y un extenso dossier (briefing cyberwar): «Guerra en el Quinto
dominio» (War in the fifth domain) pp. 22-24, donde analiza más
detenidamente el mouse y el teclado de una computadora como las
posibles «armas cibernéticas» del mundo en que vivimos, sus amenazas y
los riesgos que conllevan.
[3] Se conoce como spoofing
al conjunto de técnicas de suplantación de identidad en la red,
generalmente con intenciones fraudulentas o de investigación. Existen
diferentes técnicas o tipos de spoofing, y todos ellos se basan
en la suplantación de direcciones de red en diferentes protocolos, de
lo que surgen una serie de tipos de spoofing diferentes. Ver más en http://www.e-securing.com/novedad.aspx?id=19 .
[4]
Es un término informático que denomina un tipo de delito encuadrado
dentro del ámbito de las estafas cibernéticas, y que se comete mediante
el uso de un tipo de ingeniería social caracterizado por intentar
adquirir información confidencial de forma fraudulenta (como puede ser
una contraseña o información detallada sobre tarjetas de crédito u otra
información bancaria). El estafador, conocido como phisher, se
hace pasar por una persona o empresa de confianza en una aparente
comunicación oficial electrónica, por lo común un correo electrónico, o
algún sistema de mensajería instantánea o incluso utilizando también
llamadas telefónicas. Ver más en http://es.wikipedia.org/wiki/Phishing.
[5]
En el caso de la ciberguerra se relaciona más estrechamente a
conflictos bélicos y a la preparación y creación de condiciones para su
desarrollo, mientras que la netwar se vincula mayormente al accionar en
el plano ideológico, buscando posicionamientos en la opinión pública
dentro de algunos países o a nivel internacional. No obstante, no hay
que ver separadas la ciberguerra de la netwar, en la medida en que ambas
se complementan mutuamente, en última instancia, a motivaciones
políticas.
[6]
Proyecto presentado por Robert Torricelli, representante demócrata y
posteriormente senador por Nueva Jersey, y por el senador por el estado
de la Florida, Bob Graham. Tiene como objetivo fundamental aislar
totalmente a Cuba del entorno económico internacional y hacer colapsar
su economía.
Elaborado por Cubadenuncia
Elaborado por Cubadenuncia

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