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Publicado : 13/02/2014
«El año que viene vamos a librar la
batalla contra el analfabetismo. El año que viene tenemos que
establecernos una meta: liquidar el analfabetismo en nuestro país». Con
esas palabras, el 29 de agosto de 1960, Fidel Castro
había anunciado a todo el pueblo que 1961 sería el «Año de la
Educación», y que esa tarea tendría que ser cumplida mediante la
movilización del pueblo. «Movilizaremos —dijo— a todos los estudiantes y
a cuanta persona sepa leer y escribir, para que enseñe a aquél que no
sepa leer y escribir...».
Erradicar el analfabetismo era un
compromiso político, social, humano, y también un requisito básico para
avanzar en el dominio de las fuerzas productivas.
El índice de analfabetismo
había sido calculado en Cuba, de acuerdo con los últimos censos, en
alrededor de un 37% de la población por encima de la edad escolar. La
cifra podía ser conservadora. Existía, además, un número elevado de
personas que, aunque habían asistido a los primeros años de la escuela
primaria, y sabían poner sus nombres, en realidad, por el desuso, se
habían convertido en analfabetos funcionales.
En las zonas más atrasadas del campo, y en
particular en las montañas, había lugares donde los estudios demostraban
que el nivel de analfabetismo sobrepasaba el 90%. La campaña, en la
práctica, se había venido desarrollando desde antes, en el seno del Ejército Rebelde y de las Milicias, y con el impulso que los maestros, en particular los destacamentos de Maestros Voluntarios le habían imprimido a este empeño a partir del triunfo de la Revolución.
Lo nuevo que trajo 1961 fue convertir la
lucha por enseñar a leer y escribir a todos los cubanos en una gesta de
masas, organizada, que cubrió cada pedazo del territorio nacional, y que
tuvo como fuerza de choque las Brigadas de Alfabetizadores Conrado
Benítez, compuestas por 100 mil jóvenes estudiantes, las que tomaron
este nombre en homenaje al joven maestro negro asesinado por las bandas
contrarrevolucionarias en las montañas del centro de la isla.
A esta labor se incorporarían,
principalmente en los escenarios urbanos y suburbanos, los brigadistas
Patria o Muerte, movilizados por los sindicatos.
Un hecho notable es que la Campaña Nacional de Alfabetización no se detuvo en ninguna circunstancia. Prosiguió durante los días de la Invasión por Playa Girón,
cuando incluso varios adolescentes alfabetizadores que enseñaban a los
pescadores y familiares de estos cayeron prisioneros de los mercenarios.
Continuó en las zonas montañosas y rurales donde se libraba en aquellos
meses una dura batida contra el bandidismo, y se intensificó, aún con
más energía, cuando, el 26 de noviembre de ese año, fueron cruelmente
asesinados en el Escambray el brigadista Manuel Ascunce Domenech y su alumno campesino Pedro Lantigua.
El 22 de diciembre de 1961, en la Plaza de
la Revolución José Martí, desfiló victorioso el Ejército de la
Alfabetización, con sus uniformes, sus faroles y sus mochilas. Fue una
jornada de júbilo y exaltación. A lo alto del mástil fue izada la
bandera roja que declaraba ante el mundo que Cuba era Territorio Libre
de Analfabetismo. Los jóvenes, enardecidos, coreaban: «¡Fidel, dinos que
otra cosa tenemos que hacer!» El Jefe de la Revolución les respondió:
«¡Estudiar!».
Fragmento tomado de 45 grandes momentos de la Revolución Cubana, editorial Ocean Press, México, D.F., 2004.
Tomado del Memorial de la Denuncia Cubacusa

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