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Publicado : 13/02/2014
El 22 de agosto de 1960, en el Teatro Nacional de
San José, Costa Rica, dio inicio la Séptima Reunión de Consulta de
Cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA);
dicha reunión, en el plano formal, había sido convocada atendiendo a
una petición del gobierno peruano, «con el objeto de considerar las
exigencias de la solidaridad continental, la defensa del sistema
regional y de los principios democráticos americanos ante las amenazas
que puedan afectarlo».
En realidad, quien estaba moviendo todos
los hilos detrás de la escena era la Administración norteamericana, que
nuevamente buscaba en la OEA la cobertura para aislar y agredir a
gobiernos que no eran de su agrado, como ya había ocurrido en 1954 con
la conspiración de la CIA y la United Fruit Company para derrocar el
gobierno de Jacobo Árbenz, en Guatemala.
El pretexto que se manejaba entonces, y se
utilizaría aún por largos años, era que Cuba constituía una amenaza para
el llamado sistema interamericano por sus vínculos con la Unión
Soviética. Ya Fidel Castro había declarado: «...debemos expresar aquí
que la próxima reunión de la OEA no es sino una maniobra yanqui contra
Cuba, y debemos expresar aquí que lo que se propone el imperialismo
yanqui en la reunión de la OEA, es una encerrona contra Cuba».[1]
Uno de los capítulos más bochornosos de
esta historia, en efecto, fue el reparto de Estados Unidos a varios
gobiernos latinoamericanos de partes de la cuota azucarera retirada a
Cuba, así como de créditos y otras ventajas, como soborno para poder
contar con sus votos en las maniobras anticubanas en el seno de la OEA.
Como en otras memorables batallas diplomáticas, la Revolución cubana estuvo representada en San José por Raúl Roa, «el Canciller de la Dignidad».
El día 28 de agosto, después de intensos
debates en los que se destacó la valentía de países como Uruguay,
Bolivia y México, que impidieron al Secretario de Estado norteamericano,
Christian Herter, obtener una condena directa del Gobierno cubano, la reunión de la OEA aprobó la denominada «Declaración de San José».
Al término del encuentro, el Canciller cubano pidió la palabra y expresó:
Señores, la delegación que me honro en
presidir la delegación que ha decidido retirarse de esta reunión de
consulta de cancilleres americanos. La razón fundamental que nos mueve a
ello es que, no obstante todas las declaraciones y postulaciones que
aquí se han hecho, en el sentido de que Cuba podía tener en el seno de
la OEA, a la cual pertenece, protección y apoyo contra las agresiones de
otro Estado americano, las denuncias presentadas por mi delegación no
han tenido aquí eco, resonancia ni acogida alguna. ¡Conmigo se va mi
pueblo, y con él todos los pueblos de América Latina![2]
Fragmento tomado de 45 grandes momentos de la Revolución Cubana, editorial Ocean Press, México, D.F., 2004.

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