
Una multitud le aguardaba desde hacía varias horas con cantos, carteles, expectativas, sueños. Feligreses y gente de pueblo en general, que querían ver —no mediante una cámara de televisión ni otras publicaciones gráficas— con sus propios ojos, al primer Papa latinoamericano. Ese a quien por la simplicidad en su modo de andar y de conducirse, le llamaron el Obispo de los Pobres incluso antes de ocupar el solio de San Pedro.
Cuando a las 5:14 p.m. de este domingo, se divisaba al Papa desde la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola—popularmente conocida como Iglesia de Reina, por la calle en la que se encuentra enclavada—, los centenares de personas allí reunidas estallaron en vítores.
Apenas un minuto después, le recibieron el Padre Juan Miguel Arregui —superior de los jesuitas en Cuba— y el párroco de la iglesia, Padre Eduardo García Tamayo. Bastó con descubrir, escalones arriba, a tres niños para que el Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano les hiciera un gesto de acercamiento, nacido desde la espontaneidad, y los pequeños le entregaron flores y un file amarillo en el que se podía leer: “Francisco: Papa del Pueblo”.
Tal vez la emotividad alrededor de la iglesia —fundada en 1923— no dejó descubrir que a las 5:18 p.m. se estaba haciendo historia, cuando tras saludar a una joven en silla de ruedas y agradecer a un matrimonio de artistas cubanos que le obsequió —en nombre de la parroquia y de los jesuitas del país— un búcaro de bambú donde están representadas notas del himno nacional y la flor mariposa, entró al templo para sostener un encuentro privado con representantes de la Compañía de Jesús en Cuba. En ese minuto se concretaba no solo la primera visita de un Papa a esta iglesia, sino que además, el primer Sumo Pontífice jesuita no pasó por alto a la principal parroquia y sede de los católicos cubanos de esa orden religiosa.
El encuentro privado fue breve y, en él, no hicieron falta las palabras. Así lo atestiguan a Granmalos Padres Juan Miguel Arregui y Eduardo García Tamayo: “Un encuentro muy familiar, de hermanos. Fue más emotivo y más de abrazos que de palabras”, refiere el primero, mientras el último asevera: “El mensaje del Papa a nosotros, y a todo el mundo, es el cariño. Es un hombre cordial, un hombre cercano, un hombre que hace sentir su presencia y solidaridad en cada uno de nosotros”.
Fue así que recordé el testimonio de un jesuita y periodista de Radio Vaticana, de origen argentino, compartido minutos antes de que se divisara a Su Santidad desde la parroquia: “Lo que más me impresiona del Papa Francisco es el trato personal. Es una persona que si habla con vos, está con vos. Y no se olvida nunca (…) La actitud básica de él es ir al otro, acercarse al otro, pero no desde arriba, sino al lado. Y habla también del servicio a las demás personas y no de servirse a sí mismo”. Quien confiesa este detalle a nuestro diario, Guillermo Ortiz, es el mismo joven que a los 17 años le había pedido ingresar a la Compañía de Jesús al entonces superior de los jesuitas en Argentina, convertido hoy en el máximo representante de la Iglesia Católica.
Previo a despedirse, Su Santidad respondió con saludos y bendiciones a las personas congregadas en el lugar. A las 5:22 p.m. salió rumbo a la Catedral de La Habana, para la celebración de las Vísperas. Cerraba así una página trascendente, sin importar lo breve, escrita desde la naturalidad y carisma de un Pontífice, y la hospitalidad y civismo de un pueblo.
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