Con
apenas 11 años, Anafrank Padilla fue testigo del inicio y el final del
golpe de Estado que en el 2002 intentó desaparecer a Chávez y destruir
la Revolución Bolivariana
Tenía apenas 11 años cuando, de la mano de su padre, fue testigo del odio desatado el 11 de abril del 2002, por los opositores al presidente Hugo Chávez.
“El golpe estaba orquestado. Yo era una niña, pero pude darme cuenta de cómo la televisión incitaba a la revuelta, con un odio visceral contra el Comandante. Fueron subiendo el tono hasta convocar la arremetida contra Miraflores, y mi papá, que solo observaba, después del mediodía se paró, me agarró de la mano y dijo: pues para allá vamos también”, inicia Anafrank.
“Fuimos hasta la Baralt, donde se notaba el contubernio de la Policía Metropolitana con una oposición muy agresiva.
Veían un chavista y se desbocaban en improperios: ‘hasta aquí llegaron, Chávez se muere hoy’, y otras cosas horribles que me asustaban.
“Más adelante, había una barrera de compañeros apostados en las cercanías de Miraflores. Con ellos estuvimos hasta el momento más ardiente de la confrontación, cuando mi papá, temiendo por mí, decidió regresar a casa.
“Tuvimos que irnos en otra dirección y en el camino vi varias personas muertas, tiradas en la calle, la mayoría con tiros en la cabeza; entre ellos uno que me impresionó mucho y que después supe era el reportero Jorge Tortosa.
“Para una niña de 11 años es una experiencia traumática, muy fuerte. No sabía de política, pero aun siendo muy pequeña entendí que aquella gente que mataba no podía ser buena. La mayoría de los compañeros caídos llevaban camisas rojas, boinas, franelas de círculos bolivarianos; o sea, que fueron escogidos por los francotiradores, como si estuvieran marcados.
“Buscando salir de la confusión caímos en las inmediaciones de Puente Llaguno, cuando iniciaban los disparos más intensos y mi papá, por protegerme, hizo que nos resguardáramos debajo de un carro, hasta la noche.
“Al llegar a casa la televisión solo daba novelas, comiquitas, y cuando algo decía sobre la revuelta se refería a ‘las horadas chavistas’”.
Un amigo fotógrafo proyecta en el televisor las imágenes captadas ese día, y Anafrank, mientras cuenta, las mira de soslayo y sacude la cabeza con los ojos cerrados. Cuando los abre, tiene el sentimiento a punto de desbordarse.
“Al día siguiente la gente empezó a llegar de otras ciudades y el 13 de abril ya era un mar de pueblo en la calle. De mano en mano las copias de la carta de Chávez desmentían su renuncia. Fue emocionante ver cómo la gente se enteraba y enseguida se organizaba en los barrios para bajar a Miraflores, a exigir la devolución del Comandante.
“Mi papá no aguantó y sobre las diez de la noche me dijo: ‘Vamos, te voy a llevar a lo que nunca vas a olvidar’… y así fue.
“Yo no sé si calificarlo como un acto de irresponsabilidad doble o lo mejor que pudo darme, porque ahí empezó mi conciencia de compromiso con el país. Lo cierto es que me vi de pronto enganchada en la reja de Miraflores, reclamando la devolución de Chávez junto a miles y miles de personas.
“Viví allí ese momento del regreso. La gente lloraba de alegría y yo también, sin entender claramente lo que pasaba. Era un coro gigantesco: volvió, volvió, volvió… y en los rostros veía la euforia, el sabor del triunfo popular.
“Lo que pasó después también fue impresionante; símbolo de la grandeza del Comandante. Para una niña que vio los muertos en la calle, lo lógico era hacer pagar a los asesinos, ir contra ellos entonces. Sin embargo Chávez llegó pidiendo calma, cero venganza, algo que en ese momento me costó entender.
“Habían sido las 47 horas más difíciles de la historia reciente de Venezuela, pero fueron salvadas por la fuerza de choque que representó el chavismo”.
La mirada de la joven atraviesa ahora la ventana, buscando una vista exterior de la ciudad, como evaluando la amenaza que se cierne en el ambiente.
“Lo único que quisiera es que esa pesadilla no volviera a suceder; pero lamentablemente la oposición otra vez apuesta a la violencia. Se nota en el lenguaje y los actos agresivos de los dirigentes de la derecha, que pagan para generar violencia, delincuencia, de modo que parezca un país en caos.
“Tras años sin llegar al centro de Caracas, el jueves pasado volvieron en una manifestación. Ellos quieren repetirlo, están mandando un mensaje, ensayando cómo incitar, cómo provocar un estallido violento. Hay que estar alertas. Es la hora de retomar las lecciones que nos dejó aquel intento de golpe de Estado, no solo por lo terrible de la sangre y los muertos; sino por la certeza de que los enemigos de la Revolución son los mismos de aquel 2002.
“Ahora quieren otra Ley que borre los actos atroces, los crímenes de sus más violentos personeros. No pueden pedirle eso al pueblo que vivió un golpe de Estado, unas guarimbas, y ahora una guerra económica provocada por esos mismos que piden libertad.
Con apenas 11 años yo vi de frente el odio, la muerte, la violencia de que son capaces… y de eso no podré olvidarme jamás”.
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