Guayacán es el nombre común con el que se conoce a varias especies de árboles nativos de América, pertenecientes a los géneros Tabebuia, Caesalpinia, Guaiacum y Porlieria. Todas las especies de guayacán se caracterizan por poseer una madera muy dura. Es justamente por esa característica que reciben el nombre de guayacán, aun cuando no guarden relación de parentesco entre sí.

lunes, 6 de julio de 2015

Una pelea cubana contra los revendedores


ecec473aa0_122E72C0-9CB1-4168-8220-A811A1E938EC-w640-r1-sCuando ETECSA promocionó la última oferta de líneas para telefonía celular (esa que comúnmente se conoce como “30 por 30”) me decidí finalmente a comprar una y me fui hasta la oficina más cercana a mi casa. Pero allí había una cola de esas que parece una hidra de mil cabezas, que con tantas ramificaciones no se sabe dónde comienza o acaba.
Me acerqué a preguntar y resulta que había quien llevaba dos días durmiendo ahí y rectificando un famoso listado de 200 personas en el que no habían llamado a más de 50. Aquello era una misión imposible, así que me largué al FOCSA porque me habían dicho que allá el asunto estaba mejor.
En esa sucursal del Vedado (al parecer la única donde no hizo falta la presencia de policías y vendieron al menos 500 líneas diarias) encontré personas de todas las zonas de la capital, cada una con su propia historia de horror sobre las oficinas de sus respectivos municipios.
La verdad es que hicieron un trabajo magnífico. En las cinco horas que pasé allí deben de haber atendido al menos a 300 personas. Se dedicaron diez puestos de despacho única y exclusivamente a vender líneas, y pasaban a los clientes de diez en diez. Pero mi verdadera historia no tiene que ver con eso, sino con los revendedores de la cola.
Es sabido que los revendedores “inventaron el invento” y al principio, según me contaron, ponían su carnet y luego cobraban y se intercambiaban con el cola´o. Entonces en la oficina comenzaron a escanear los carnets. Para subir a comprar primero recogían los diez carnets de identidad, por el orden de la cola. Los escaneaban y luego los entregaban persona a persona. Con eso lograron que al menos en esos  primeros turnos no pudiera meterse nadie que llegara a última hora, porque luego tiraban tu carnet contra el scan que tenían para que no hubiera cambios. Claro, los revendedores igual podían inventar, pero de los primeros diez turnos para atrás. Sin embargo, ese día presencié una muestra de lo que puede ser el “empoderamiento ciudadano”.
Resulta que la gente también se cansó de esos inventos, y entonces una mujer se autodenominó responsable de los diez turnos siguientes… y mientras se escaneaban los primeros carnets de la cola, ella recogía los diez próximos, así que a los revendedores no les quedó más remedio que ponerse a inventar del 20 para atrás. Como puede suponerse, se les hizo más difícil conseguir clientes.
No pensé que todavía quedara gente así de honesta en La Habana. Yo misma vi cuántos bichos de esos se le acercaron a aquella mujer. Venían a ofrecerle dinero por un turno, para que les recogieran el carnet…¡¡a 5 CUC el turno!! Y la mujer respondía que no, que había una cola y si ella la estaba haciendo, los demás también tenían que hacerla. Pero no solo se le acercaban los revendedores. Recuerdo también que llegó una señora mayor, de aspecto muy respetable a proponerle lo mismo y le contestó “señora, vaya y cómprese una bolsita de leche con ese dinero, si usted y otros como usted no se cuelan, verá lo rápido que avanza”. Y lo mejor es que se lo dijo con un cariño tremendo.
Ella pudo haber pasado su carnet mucho antes, pero ahí estuvo, estoica, casi tres horas de pie velando la cola y esperando que le tocara su turno. ¡Fascinante aquello! La gente pasaba, compraba, le agradecía y se iba… una heroína anónima. Aunque se notaba que no lo hacía por el reconocimiento, sino porque simplemente era lo correcto.
La mujer en cuestión era una mulata con licra y blusa naranjas. Cuando la vi por primera vez me hice una idea errada, pues parecía una revendedora más. Confieso que la juzgué mal al principio, pero me dejó gratísimamente sorprendida y me inspiró, de modo que me quedé por ella cuando finalmente le tocó su turno de comprar. ¿Qué otra cosa podía hacer? Alguien tenía que seguir organizando aquello, de lo contrario iba a ser el acabose, igual que en los demás sitios.
Entonces pude deleitarme diciéndole que NO a todos los descarados esos. Y  créanme, es tan gratificante que no hace falta nada más. Disfrutando del placer de representar el papel de mujer cubana con principios y ética entendí la motivación de aquella mujer.
Toda historia tiene un final, y la mía termina con mi relevo porque en algún momento, por suerte, me llegó el turno y tuve que dejar a alguien responsabilizado con la organización de la cola.
Una mujer con pinta rara vino y se ofreció. Inicialmente accedí, pensando en que no quería ser prejuiciosa otra vez. Sin embargo, un par de cosas que dijo me pusieron sobre aviso, así que fui a escoger a mi sustituto. Encontré a un militar con grados de mayor y con rostro noble que accedió a tomar el puesto. ¡Pero en lo que yo tardé en buscar al hombre y regresar, ya aquella señora había vendido turnos! ¿Pueden creerlo?
Entonces ocurrió algo gracioso y a la vez esperanzador. Cuando la gente de la cola me vio regresar, fue como si hubiera llegado la policía, enseguida me dieron las quejas y pidieron que reorganizara. Le pedí a la mujer los carnets y me los dio, de lo contrario creo que ahí mismo la hubieran linchado. Bajo protesta de la mujer aquella (aunque no me podía importar menos lo que pensara), los repartí, y luego los volví a recoger por el orden de la cola, y muy solemnemente se los entregué al mayor, que los volvió a contar para estar seguro. Le expliqué el mecanismo y entré. Cuando salí, fui a preguntarle al mayor qué tal iba, y me respondió que bien, sin problemas. Antes de irme me miró y me dijo sonriente “te quiero”.
¡Ahhh! ¡Se me olvidaba lo mejor! Esos revendedores esos son más difíciles de quitar que una mala piojera. Finalmente lo que tuvieron que hacer fue cobrar por hacer la cola y comprarle al cliente su línea. Vaya, básicamente hacerle el trámite completo. Así que justo delante del grupo en el que me tocaba a mí, pasaron tres revendedoras, de modo que coincidimos mientras ellas salían y yo entraba. Cuando me vieron, me dijeron muertas de risa “Já, ahora sí se acabó el control” y yo, también muerta de risa les contesté “Bueno, ahí dejé a un militar en mi lugar”… ¡y ya no les hizo tanta gracia!
Tremenda historia ¿no? Hubiera estado bueno para una de las crónicas de Eduardo Galeano. ¡Todavía no me creo que lo haya vivido!
*Nota: Aunque me tomé la libertad de escribir esta crónica en primera persona, la verdadera protagonista es una gran amiga, que me autorizó para narrar su experiencia.

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